La verdarera historia del marqués de Perales (y 9)

El marqués de Perales ¿culpable o inocente?

(Continuación del post La verdadera historia del marqués de Perales (8))

   Este post cierra, esta para mi novedosa y sorprendente historia, de un madrileño de finales del siglo XVIII, y en el que hay que determinar si José Fernández de Pinedo tercer marqués de Perales, fue culpable o no de traición al pueblo de Madrid. No he podido encontrar ni una sola prueba documentada del afrancesamiento del marqués de Perales. Su trato con Murat y el haber recibido favores de éste, argumento que podría soportar esa creencia, es solamente tradición oral.

   Lo que sí está probado es que el 6 de agosto de 1808 el marqués solicita al Consejo permiso para hacer una función de vigilia y misa cantada por las almas de los difuntos españoles que perdieron la vida en esta Corte el día 2 de mayo, y en los demás sucesos posteriores contra los franceses dentro y fuera de Madrid. La función religiosa a celebrarse en el convento de los PP Carmelitas Calzados, en la calle del Carmen manzana 352 número 7. Una vez que el Consejo se sirve conceder el permiso solicitado un día después, el marqués cursa las invitaciones correspondientes, suplica a V.I. se sirva asistir a una misa dedifuntos, con la intención y lugar ya especificados, el viernes 12 de mayo a las diez de su mañana. (AHN Consejos, Leg. 5521, Exp. 19)

   Aunque ciertamente no se trata de una prueba definitiva, no parece lógico pensar que un afrancesado solicitara una cosa así. Más bien parece la reacción de una persona a la que ha dolido la muerte de personas, conocidas o no, pero que siente próximas, con algunas de las cuales probablemente ha convivido. Julian Puerto Rodríguez en un excelente trabajo titulado Aproximación comentada a La manola del Portillo o las aventuras y desventuras del marqués de Perales, editado por por la Casa Regional de Extremadura en Getafe, cita los nombres de hasta cuatro hortelanos del marqués, muertos en la refriega callejera del 2 de mayo.

   Si el marqués hubiera estado tan implicado con el rey intruso como supondrá la majeza el primero de diciembre, bien hubiera podido, como hicieron otros, acompañar el 31 de julio a José en su huída a Vitoria. Por ejemplo el conde de Cabarrús, al que el marqués de Perales pocos días antes de la salida de las tropas francesas de esta Corte, le vende dos mulas conviniendo un precio de nueve mil y quinientos reales. Autorizando el conde al marqués que el día de su marcha se llevase una berlina que dejaba, la vendiese, y que su valor sirviese para el pago de la citada cantidad. (AHN Consejos, Leg. 9395, Exp. 60)

   En La Gaceta de Madrid de fecha 11 de noviembre de 1808 se incluye una lista en la que continúan los donativos para asistir al ejército. En ella aparece la marquesa de Perales con seis camisas. Antes, en el mes de agosto, el marqués colabora decidamente con el Consejo en el inventariado de armas dejadas por los franceses en el Museo y en el Buen Retiro, poniendo en conocimiento de ese mismo Consejo, que las armas han sido entregadas para su custodia al comandante de Artillería José Navarro Falcón.

   Yo no he podido verlo, pero me han asegurado que desde el palacio de la calle Magdalena se tiene acceso a un pasadizo subterráneo que comunica con el Palacio Real. Si tú eres afrancesado, si tú has sustituido con arena la pólvora de los cartuchos, siendo cosciente de lo exaltados que están los ánimos ante la proximidad del ejército francés, y oyes el ruido que produce la turba en la calle, el tiempo que se tarda en derribar a hachazos un portón, te da el margen suficiente para escapar por el pasadizo.

   Pero si tú te diviertes como ellos, si te vistes como ellos, si amas como ellos, si te consideras en fin uno de ellos, no puedes imaginar que las navajas de la majeza cortando el aire lo que buscan es el marquesado. Ese apego a las viejas tradiciones de tu querido Madrid, ese rechazo a novedades traídas de fuera, son el soporte de tu confianza, confianza que va a costarte la vida.

   ¿Razones del apuñalamiento? Nunca la tarición del marqués, nunca su afrancesamiento; probablemente confluyeron varias, los celos de una manola despechada, los odios escondidos de unos majos hacia quien realmente está lejos de ser uno de ellos, y quizás también recelos de miembros de la nobleza, celosos de su poderío como ganadero y de su influencia para con el rey.

   No quiero terminar esta historia sin poner algo de manifiesto. ¿Qué ocurrió para que de fortificar los portillos de Madrid, de abrir zanjas aquí y allá, de reclutar y armar paisanos para la defensa, se pase a firmar un tratado de rendición no muy honroso que digamos? Si quieres puedes echar un vistazo a los 11 artículos de que consta en el Diario de Madrid de fecha 7 de diciembre de 1808.

http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0001651892&search=&lang=es

   Esa decisión que toma la Junta Militar de la Villa de Madrid, y en su nombre firman Tomás de Morla, director general de Artillería, y Fernando de la Vera, mariscal de campo de los Reales Ejércitos, viene motivada por conocer la Junta la fuerza militar que despliega Napoleón desde Chamarín. Pero no me cabe duda que también influyó el ignominioso comportamiento de la turba, a la que hubiera sido complejo someter a una imprescindible disciplina militar. Mi muy querido José Fernández de Pinedo tercer marqués de Perales, tu muerte absurda si pero no baldía, contribuyó a evitar la de otros muchos madrileños armados con viejos fusiles, a manos de un bien pertrechado ejército profesional. Ya no te pareció bastante rezar por ellos, les distes la vida con la tuya.

La verdadera historia del marqués de Perales (3)

El marqués de Perales cosido a puñaladas 

(Continuación del post La verdadera historia del marqués de Perales (2))

   Los hachazos consiguen echar abajo la puerta del palacio del marqués en la calle de la Magdalena y la turba enfurecida recorre las dependencias. Todo ocurre muy deprisa, en cuestión de segundos José Fernández de Pinedo tercer marqués de Perales, muere cosido a puñaladas. Y su cadáver, colocado sobre una estera, es arrastrado por las calles del barrio que le vio nacer.

   ¿Quiénes son los autores del mortal apuñalamiento? Los autores son majos del barrio del Avapiés, a los que se han unido chisperos venidos de las herrerías de los desmontes de Santa Bárbara fronteros al Barquillo, y posiblemente varias aguerridas manolas del portillo de Embajadores.

   ¿Cómo es posible que haya ocurrido una tragedia así? Situemos los hechos cronológicamente. Corre el año 1808, y en el día 31 de su mes de julio José I, que había sido proclamado Rey de las Españas días antes, conocido el resultado de la batalla de Bailén, abandona Madrid en dirección a Vitoria. A mediados de noviembre se conoce en la Villa que derrotado el ejército de Extremadura cerca de Burgos, Napoleón presto a restituir a su hermano, tiene en Somosierra un último obstáculo para entrar en Madrid.

   Se organiza un tanto improvisadamente la defensa de la ciudad, y el miércoles 30 de noviembre, por las mañanas de 9 a 1 y por las tardes desde las 3 hasta las 7, se inicia el alistamiento de la Milicia honrada. Deben alistarse vecinos entre 16 y 60 años, haciéndolo en diferentes claustros conventuales según el quartel en donde vivan. En el punto de alistamiento está presente un regidor de Madrid, un Oficial militar y un Escribano, y entra dentro de lo probable que el regidor presente en el claustro de la Trinidad Calzada de la calle de Atocha, donde deben alistarse los moradores del quartel del Avapiés, sea el marqués de Perales.

   Se han repartido hasta ocho mil fusiles y en las fábricas de pólvora, las salas del laboratorio de cartuchos se llenan de devotos religiosos que sustituyen en la tarea de fabricarlos a los que se han incorporado a la defensa de la Villa. En la que está próxima al colegio de Niñas de la Paz de la calle Embajadores y bajo la dirección del marqués de Perales, se hacen cartuchos a toda prisa, para suplir las escasas remesas existentes en el depósito de municiones del Parque de Artillería.

   El marqués de Perales, regidor perpetuo de la Villa y Corte tiene 42 años, y es un hombre apuesto y elegante con bien merecida fama de don juan, muy popular en calles y plazuelas del quartel del Avapiés, por el que se mueve con la misma soltura que lo haría por los palacios de la más alta nobleza. Imitando además modos y maneras de la majeza madrileña, incluso hasta en su indumentaria.

   El paisanaje que tenga escopeta y pueda manejarla, es requerido por orden del Excmo. Sr. Duque del Infantado para presentarse con ella y sus arreos en la pradera que llaman de Guardias de Corps, fuera de la Puerta de Fuencarral para la organización de la defensa, donde se demanda la entrega de cartuchos, y ante el hecho de no haber más que poder entregar, el pueblo se mueve excitado hacia la casa de Correos en la Puerta del Sol, en la que por su situación geográfica se ha establecido la Junta de Defensa. En un momento dado, alguien descubre que hay cartuchos rellenos de arena y las palabras traición y afrancesado se extienden por todos y cada uno de los barrios. Una manola, que sufre de amores al sentirse despechada por el marqués, hace a éste responsable de la traición prendiendo la mecha del odio en el más explosivo de los quarteles. ¡El del Avapiés!

   ¡Todos a la Magdalena! ¡A las casas del marqués! Los hachazos terminan por derribar la puerta del palacio, y no mucho más tarde el cadáver del marqués de Perales, es arrastrado en una estera, entre gritos de traidor y afrancesado por la calles de la Cabeza, del Ave María, hasta llegar al Campillo de la Manuela, donde su destrozado cuerpo es recuperado por los frailes agonizantes.

   Hasta aquí un resumen de los hechos, más o menos documentados, tal como han sido narrados por historiadores y por literatos que han novelado las aventuras y desventuras del marqués. A la vista de ellos se plantean un buen número de interrogantes que caso de ser resueltos permitirían escribir la verdadera historia del marqués de Perales. No va a ser tarea fácil, pero vamos a intentarlo, tomando como punto de inicio el dudar, el dudar de cualquier cosa que no pueda estrictamente probarse.