Francisco Verdejo, un mathematico olvidado (1)

     

Cuando los jesuitas son expulsados del Colegio Imperial

y del Seminario de Nobles.

   Es muy probable que, dados los días que corren, los últimos del mes de marzo del citado año 67, el jesuita padre Benavente ande dándole vueltas a la selección de los alumnos que han de defender conclusiones de matemáticas en el Colegio Imperial. O quizás ya lo tuviera prácticamente decidido y solamente a falta de hacer una breve consulta para acordar las fechas a celebrar, con los padres Vicente Tosca, Juan Wendlingen y Esteban Terreros, todos ellos, como él, profesores de la disciplina en las cátedras de los Reales Estudios del Colegio. Y, sin falta, tiene que hablar con el impresor Ibarra para el asunto de los cuadernos con los programas, evitando en lo posible las prisas de última hora en las impresiones. ¿Y los alumnos? Los alumnos este último mes andan distraídos, inquietos, bulliciosos, que no es sino reflejo fiel del ambiente que se vive en la villa. Cómo no va a ser así, si el conde de Aranda había conseguido del rey nuestro señor poner baile de máscaras público para el recién carnaval, primero en el Coliseo del Príncipe y después en los Caños del Peral. Pero la verdad es que no hay que preocuparse demasiado por los plazos. Es lo mismo lo retrasado o adelantado que pueda ir el padre Benavente en la preparación del acto público de final de curso, porque ese año en el caserón de la calle San Dámaso no van a defenderse conclusiones de la facultad de matemáticas. Ni de esa facultad, ni de ninguna.

    Es la noche del 31 de marzo al 1 de abril, y está a punto de empezar el extrañamiento de los regulares de la Compañía de Jesús. Hace tan solo unos días, mientras los vecinos bailaban y se divertían, en la Imprenta Real de la calle de las Carretas se imprimía el real decreto, las órdenes e instrucciones a seguir, en el más riguroso de los secretos y bajo severas penas a quien osase revelar el más mínimo detalle. Dentro de una logística perfectamente organizada, los padres establecidos en la corte, que dependen de la provincia jesuítica de Toledo, han de abandonar España a través del puerto de Alicante. Los residentes en el Colegio Imperial han de ir a Getafe, donde está previsto que se concentren antes de partir hacia el puerto mediterráneo, con el resto de los residentes en las otras cinco casas que tiene la Compañía en la capital del reino. El Noviciado, la Casa Profesa y los Seminarios de Nobles, de San Jorge o de los Ingleses y de los Escoceses. Como se trata de llevar a cabo la operación dentro del mayor sigilo posible, además de hacer el traslado de noche, se planifica la salida de cada uno de los centros por las puertas o portillos de la villa que impliquen un menor recorrido urbano. Los procedentes del Noviciado, que está en la calle ancha de San Bernardo, y en lo que hoy sería la esquina a la calle de ese mismo nombre, deben salir por la puerta de Fuencarral, hoy glorieta de San Bernardo, con lo que el recorrido urbano se reduce a recorrer un tramo de la ya citada calle ancha de San Bernardo. Los del Seminario de Nobles, y de acuerdo con las instrucciones servidas, deben salir por la puerta de San Bernardino, muy próxima a la plazuela donde está ubicado el Seminario y del que toma su nombre, hoy en el triángulo formado por las calles de la Princesa, Mártires de Alcalá y Seminario de Nobles, en el barrio de Argüelles, con lo que, en este caso, no hay recorrido urbano. La mayor parte del movimiento de coches y tropa va a realizarse más allá de la cerca. En el caso del Colegio Imperial, sito en la calle de San Dámaso, el tramo urbano se reduce a salir enseguida a la muy próxima calle de Toledo, y por ella hasta la puerta del mismo nombre, que es por donde deben abandonar la villa. El resto, es decir, los residentes en la casa profesa y en los seminarios de San Jorge y de los Escoceses deben abandonar la villa igualmente por la puerta de Toledo.

    Para que esta primera fase de la operación pueda llevarse a cabo, el conde de Aranda ha montado una compleja operación. Por una parte ha requisado los coches necesarios para el traslado de los religiosos. Ha designado para cada una de las seis casas un alcalde de casa y corte que ha de ponerse al frente de la operación. Y ha preparado también la fuerza militar que asegure el cumplimiento de la real orden. Centinelas dobles en las puertas que dan a la calle, que deberán permanecer cerradas, y especial vigilancia a los accesos a la torres para impedir que se tocara a rebato. Y la caballería que escolte a los expulsos hasta Getafe, en donde hay preparado alojamiento, antes de partir al puerto de embarque. Los trasnochadores que aún deambulan por las calles de la Compañía, Juanelo o la del Duque de Alba, no muchos, la verdad, porque ya dieron las once hace rato, han podido observar un inusitado movimiento de tropa a caballo en las cercanías del Real Colegio. Y también de coches y calesas, puestos en hilera, como a la espera de no se sabe qué, frente a la manzana número 147 en la plazuela de la Cebada. A las doce en punto entran. Mientras que un somnoliento y desconcertado portero se presta a acudir a despertar al rector a requerimiento del alcalde de corte, la voz de un subteniente de bandera rompe, seca y cortante, el silencio de la noche. «Dos guardias a las escaleras del campanario ¡y que no suba ni Dios! ¡Es una orden!». El padre rector, al que el sobresalto ya había lanzado apresuradamente del lecho y que venía de camino, piensa para sí que Dios no tiene que subir al campanario. Ya está allí y si las campanas no tocan a rebato, será porque no lo considera menester. Las palabras del subteniente pronunciadas en ese momento, pero sobre todo en ese lugar y de esa manera, son cuando menos una incorrección, pero no es el caso. Han sido la excepción, la mayoría de los comisionados y de la fuerza puesta a sus órdenes se está comportando y se comportará a lo largo de la noche con toda corrección, y no se registrarán mayores incidentes. Hay que despertar a todos los religiosos y reunirlos en la sala capitular o en el refectorio, donde haya más capacidad para juntarse. Una vez allí se les hace notificación y antes de proceder al cierre de los aposentos pueden pasar a recoger lo que son sus pertenencias personales, eso sí, ni libros ni papeles. Y en el mismo instante en que se hallen en estado de partir, sin más dilación a los carruajes, cuatro por coche y dos por calesa. Y andando, que es gerundio. 

    El número de residentes en el Colegio puede ser del orden de una veintena,[1] de los que cuatro son profesores de matemáticas. Hay dos catedráticos de Filosofía moral, tres teólogos, un catedrático de Retórica, otro de Erudición, otro de Griego, y posiblemente uno de Historia. Es una proporción alta el número de enseñantes de la matemática, aún descontando a Esteban de Terreros porque creemos que, aunque residente en el Colegio Imperial, impartía clases en el Seminario de Nobles. Viene un poco a corroborar la importancia que los jesuitas conceden al estudio de las matemáticas. «Sí, el chocolate sí pueden llevárselo. No, libros no. Ni un libro, las órdenes están para cumplirlas». Y menos todavía si se trata del padre Benavente, al que con razón o sin ella, se le considera uno de los más implicados en la algarada contra Esquilache. Como es lógico, el jesuita se defendió en su momento, aduciendo que un embajador acreditado en la corte había informado a su gobierno con meses de antelación del motín que se preparaba en Madrid, prueba inequívoca para Benavente de que en el asunto estaban involucradas personas de más fuste que él mismo y sus compañeros de orden.[2]

    En el Real Seminario de Nobles de la puerta de San Bernardino, la noche se vive de una manera similar. Pero dentro de la logística con la que el conde de Aranda diseña la operación, es un centro con una problemática un tanto diferente del resto de los existentes en la corte. Además de los religiosos, están los caballeros seminaristas que viven en el Seminario, y que no son precisamente unos cualquieras. Esto le lleva al conde a hacer una advertencia en particular.[3] Va dirigida a Manuel Ramos, que es el alcalde de casa y corte que va a ser responsable de la operación en el Seminario. «Toca a vuestra merced la intimación del Real Decreto», y al tiempo que le previene que «el oficial general se irá enterando de las salas y habitación de los caballeros seminaristas, providenciando en lo respectivo a su asistencia y cuidado». Intimar es, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua en su edición del 2001, «exigir el cumplimiento de algo especialmente con autoridad o fuerza para obligar a hacerlo». Parece encajar con la misión que se le encarga al alcalde, sin embargo intimar en el contexto histórico que se emplea, no tiene un sentido tan autoritario. Es, según el Diccionario de una época más próxima a los hechos que se narran, simplemente notificar, declarar, hacer saber alguna cosa. Quizás la autoridad la busca el conde no a través del lenguaje, sino a través de las formas. «Prevenga vuestra merced que asista en toga». En ella se le hace saber que hasta nueva disposición, el director del Real Seminario pasa a ser el mariscal de campo don Eugenio Alvarado. «Dicho nuevo director, con la tropa destinada al auxilio de vuestra merced, se hallarán a las once y media junto a los Afligidos, adonde se dirigirá vuestra merced para incorporarse, de hacer de ella el uso que convenga, manejándose de acuerdo con él». En el Madrid de finales del xviii junto a los Afligidos es una referencia exacta que no plantearía ninguna duda a Manuel Ramos. Y curiosamente, los aledaños del Seminario en dirección hacia el palacio de Liria, el cuartel de Guardias de Corps, hoy cuartel del Conde Duque, y el convento de las Comendadoras, a principios del xxi, han sufrido modificaciones mínimas en cuanto a la estructura de sus manzanas e incluso al nombre de la mayoría de las calles. Evidentemente, las hoy llamadas de la Princesa y de Santa Cruz de Marcenado no existían como tales, eran extramuros, campo, al que se accedía respectivamente por las puertas de San Bernardino y del Conde Duque. Los Afligidos o San Joaquín es un convento de religiosos fundado por la solicitud de fray Antonio de la Torre en 1710 y está en el número 1 de la manzana 544, sito en la plazuela del mismo nombre y que en este caso si varía, ya que hoy es la plaza de Cristino Martos.


[1] José Simón Díaz, en la lista de los nombres de jesuitas residentes en el Colegio Imperial, contabiliza viviendo en él 16, en el momento de producirse la expulsión. «Apéndice I», opus cit.

[2] Olaechea, Rafael: Contribución al estudio del Motín contra Esquilache.

[3] García Camarero, Ernesto: Advertencia particularísima para el Real Seminario de Nobles de Madrid, El granero común. 

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