Alumnos de Matemáticas de los Reales Estudios de San Isidro relacionados con la América Latina

Notas extraídas de Francisco Verdejo, un mathematico olvidado

(Dedicado especialmente a los seguidores del blog en América)

   En el año 1771 Carlos III restablece en Madrid unos estudios de carácter público, utilizando las instalaciones jesuíticas del Colegio Imperial, una vez expulsados de España los regulares de la citada orden. En los Reales Estudios de San Isidro, esa es su denominación, como en la mayoría de las instituciones dedicadas a la enseñanza se cierra el curso con la realización de conclusiones públicas. Un certamen literario en que los mejores alumnos del curso seleccionados por el catedrático de la disciplina deben contestar sobre un programa preestablecido, cualquier pregunta que un asistente al acto quiera realizarle. He aquí una pequeña muestra de brillantes alumnos de matemáticas de los Reales Estudios, nacidos a un lado y otro del océano.

 

Antonio Vaillant Bestier

 

   Siendo cadete del regimiento de caballería de Alcántara defiende el año 1777 conclusiones públicas de matemáticas asistido de su catedrático Antonio Rosell. Sobrino de Juan Bautista Vaillant, gobernador de la isla de Cuba, es ascendido al grado de capitán de caballería de la mencionada plaza. El 4 de diciembre de 1793 solicita permiso para contraer matrimonio con Juana María de las Cuevas. Ocupó posteriormente el cargo se Subinspector del batallón de Pardos en Bayamo.

 

Narciso Mallol

 

   Nacido en Valencia, defiende en 1794 conclusiones públicas de matemáticas asistido de su catedrático Francisco Verdejo. En 1817 es alcalde mayor de Tegucigalpa, y regala a la comunidad una imagen de la Virgen de los Desamparados. Propone la construcción de un puente, puente Mallol, que une Tegucigalpa con Comayaguela.

 

Juan Bautista de la Bodega

 

   Peruano descendiente de españoles, estudia en el Real Colegio de San Martín de la universidad de San MArcos de su Lima natal. Venido a España y después de defender conclusiones públicas junto a Narciso Mallol, ingresa en la Academia de Guardias marinas de  Cádiz. Navegó desde el puerto de San Blas en el actual México, explorando las costas del Noroeste del Pacífico en América, llegando Hasta Alaska. En 1793 Carlos IV añade a los reales guardias de Corps la compañía americana, cuadretes de la bandolera de color morado, para hijos de nobles del otro lado del océano. Juan Bautista formó parte de ella.

 

Joseph Cortines Espinosa

 

   Nace en Caracas porque su padre, Francisco Ignacio Cortines es electo por S.M. teniente de gobernador y auditor de la provincia de Venezuela, embarcando junto a su mujer Josefa Espinosa en Cádiz. El mes de abril de 1780 la fragata Francisco Javier los lleva al puerto de la Guayra. Su hijo Joseph viene a España y se matricula en los Reales Estudios donde sigue con aprovechamiento los dos cursos de matemáticas (1799 y 1800). En febrero de 1803 ingresa en la Academia de Ingenieros de Alcalá de Henares formando parte de la primera promoción. Esa va a ser su profesión en la que desarrollará una brillante carrera.

   

Carlos Joseph Pelleport

 

   Madrileño nacido en el número 22 de la calle de Tudescos, es hijo de un catedrático del Real Seminario de Nobles de Madrid, y como Cortines defiende conclusiones de primer curso de matemáticas. No cursa el segundo año de esa disciplina, pero si el curso de Física experimental, estudiando después en el Real Colegio de Medicina de San Carlos, y ejercerá parte de su profesión de médico en México.

Francisco Verdejo, un mathematico olvidado (3)

A la botillería después de la Feria de Libros.

Es el momento de hacer un alto. Este mayo viene caluroso y no estaría de más saciar la sed con un refresco. Esa es la invitación que le hacen a Francisco dos visitantes de la feria, vecinos suyos y en cumplida respuesta a la deferencia de haberles dedicado el libro. A la altura de la calle del Almirante han instalado una tienda de campaña que sirve de botillería y aunque hay bastantes personas, no ha sido difícil hacerse con un hueco. Unos vasos de aloja no estarán mal. Sobre la aloja, su receta dice que, para general conocimiento, se hace con agua de río, treinta libras; levadura antigua, cuatro onzas; miel muy buena, tres libras; polvos de jengibre, media onza; pimienta larga, media onza; canela, tres dracmas; clavo, dracma y medio y finalmente nuez de especia, un dracma, todo lo cual se mezcla.

Gracias a ella, mientras se apaga la sed a la acogedora sombra de un toldo, no es mal momento para el parloteo. Los visitantes se han enzarzado con el tema de las Comunidades. Uno de ellos ensalza apasionadamente a los comuneros, «¡qué grandes hombres!». El otro asiente pero ensalza por igual a los imperiales, lo que provoca la inmediata réplica de su interlocutor, argumentando que no se puede a un mismo tiempo estar en la procesión y repicar. «A tiempo pasado, sí. Grandes eran Padilla, y Juan Bravo y Maldonado, y el obispo Acuña. Y grandes eran el almirante de Castilla y el condestable. Hombres de la misma tierra, que la hicieron ancha. Unos y otros son historia, la historia de España, y yo no quiero prescindir de unos para quedarme con los otros, ni quiero vanagloriar en exceso a otros para vilipendiar a los unos. No creo en los cronicones que dicen solo lo que quiere decir el que los escribe, no creo en los pliegos de cordel que escriben vencedores llenos de arrogancia, no creo en los pliegos de cordel que escriben vencidos llenos de resentimiento. Propongo un juego a su imaginación». Consiste en retroceder con el pensamiento hasta el año de 1521. «Imagínense un comunero corriendo por las eras, cerca ya de Villalar, presto a montar la artillería porque los imperiales ya se dibujan en el horizonte. En realidad no es nada más, nada más y nada menos que un cerrajero venido desde Toledo con los de Juan de Padilla, pero la bala que le va a partir el corazón en dos no hace preguntas. Ahora imaginen un soldado de los que van por la realeza, defendiendo el Alcázar madrileño del asedio comunero. Nacido en la calle del Espejo, hijo y nieto de soldado, hubiera sido un infante de la infantería que asombraría años después al mundo, pero el arcabuzazo que le va a volar la cabeza ya está disparado. ¿Cual de los dos?».

Francisco, que apenas ha terciado en la disputa, ahora sí toma resuelto la palabra. «Estamos a punto de entrar en un nuevo siglo. ¿Pensáis que en el siglo xix los tercios del duque son como para anhelarlos? No, claro que no. Las cosas son ahora diferentes. Evolucionan, mudan. ¿Sabían que ya para veinte años y por deseo expreso de Fernando el VI se puso academia de mathematicas en el quartel de Reales Guardias de Corps?». Por supuesto que lo desconocían, y en ese terreno el maestro de los Estudios, mitad soldado, mitad matemático, lleva ventaja. «Al día de hoy, esos son los soldados que yo quiero. Soldados igual de hábiles en el manejo de las armas que en la resolución de los problemas del cálculo sublime. Y si tengo que elegir entre el cerrajero de Zocodover y el infante de la calle del Espejo, no puedo. Me quedo con los dos». Al final, resulta que las diferencias no eran tan grandes, y de común acuerdan, como no podía ser menos, que la ley de Tordesillas, el encuentro con la reina Juana, la batalla de Villalar, la muerte de Padilla, Bravo y Maldonado y otros episodios de parecido fuste eran merecedores de inspirar romances a poetas y juglares.[1] Antes de despedirse, los obsequiantes se interesan muy educadamente por la salud de María de los Ángeles, que desafortunadamente no es todo lo buena que sería de desear. Lo que no pueden imaginarse ni por un momento los discutidores vecinos de Verdejo es que dentro de una decena larga de mayos y en el día que hace el número dos, como tantos otros madrileños, van a tener que tomar una decisión. Les va a tocar en tiempo muy presente, así que no hay otra. A repicar o a estar en la procesión. Y probablemente, los discutidores vecinos de Verdejo, mire usted por dónde, no van a caer del mismo lado.


[1] Hubo que esperar al último tercio del siglo xx para que apareciera el poeta. Larga la espera, pero mereció la pena. El juglar Luis López Álvarez hizo el verso precioso de un trozo de nuestra historia. Poco después, otro grupo de poetas, el Nuevo Mester de Juglaría, musicó el poema haciendo redondo el éxito.

Francisco Verdejo, un mathematico olvidado (2)

Francisco Verdejo visita la Feria de los Libros

 

Para fortuna del sustituto de la cátedra, y coincidiendo con la reciente impresión de su libro, resulta que el regidor de esta coronada villa, con el superior permiso del rey nuestro señor, y en ocasión de los festejos que se han de celebrar en honor de su patrón e hijo Isidro, ha dado su merced a impresores, encuadernadores, libreros y mercaderes de libros en general, para que hagan de hoy desde esa fecha en adelante una feria en el prado nuevo que dicen de Recoletos, una feria que se celebra en los aproximadamente mil y quinientos pies que van desde el portillo de Recoletos, próximo a la huerta de San Felipe Neri, hasta el pilón de la fuente de la diosa Cibeles. O por decirlo de otra manera, eso era el prado de Recoletos, el prado nuevo que le dicen algunos para diferenciarlo del viejo, que era como bien se sabe el de San Jerónimo. Al decir de los cronistas, se trata de una grande y hermosísima alameda, puestos los álamos en tres órdenes. Se podría describir el prado de mil y una maneras, pero hacerlo mejor era imposible. Francisco ha oído de la feria, y que desde temprana hora acudían a ella, no solo de los cuarteles del Barquillo y del de San Jerónimo, que por próximos al prado estaría harto justificado, sino que lo hacían desde los más diferentes lugares de la villa. Y es que para sorpresa de muchos, la feria estaba siendo de grande aceptación. Sorpresa relativa, porque el madrileño es de natural verbenero y una feria es una feria aunque sea de libros. Gastarse los maravedíes en letra impresa es una cosa, sobre todo pudiéndola pedir prestada, pero bajar al prado y echar una visual, saludar a fulano, parlotear con mengano, ¡y cómo no!, admirarse porque hay que ver cómo se ha puesto de guapa la hija de zutano, todo ello bajo un radiante sol de primavera, eso, eso ya es otra. Venían, según decían, de los pueblos cercanos, apareciendo con los coches, carros y carruajes por el estrecho camino que corre en paralelo al arroyo Abroñigal alto. ¡Algún día habrá que hacer más ancho ese camino de Dios! Venían también por los de Hortaleza y Fuencarral, por el camino nuevo de Chamartín, por la carrera de Atocha. No parecía, no, pensó Francisco, un día domingo como los otros.

Francisco, ya lo sabemos, no era madrileño de origen, pero Madrid, los Madriles, se le habían metido en la sangre de las venas. En ocasiones parecía molestarle dividir la ciudad con los demás, y por eso le complacía recorrerla cuando sus calles aparecían desiertas, como si cada uno de los adoquines que pisaba fuera suyo y solo suyo, cosa que no era fácil porque adoquines, lo que se dice haber, había pocos. Eso sí, los que había, fueron puestos por real orden del augusto padre de S. M., al que Dios tenga en su gloria. Francisco paseaba como si cada uno de los portales que dejaba atrás, como si cada uno de los árboles que serpenteaba, también fueran suyos. Y ese maravilloso silencio que le envolvía y que hacía más placentero el disfrute de esos instantes… Se dejaba llevar especialmente en los meses del estío y en las horas en las que el calor mantenía a los demás en el cobijo de sus casas, al auxilio del agua del botijo o de la fresquera. Eso le permitía a Francisco recorrer calles y plazas sin apenas cruzarse con ser viviente alguno. Incluso en ocasiones salía por el portillo de Santa Bárbara y paseaba al otro lado de la cerca. Por la ronda de Recoletos descendía pegado a las tapias de las huertas de los conventos y terminaba girando a su izquierda para tomar el camino que va hacia la fuente Castellana, recordando sus años de alumno de los Estudios, cuando siguiendo esos mismos caminos leía con afán los libros de matemáticas que le prestaban. A un lado desmontes y al otro el arroyo y también desmontes. Madrid se hará más grande, esto será un gran paseo, paseo de la fuente Castellana y los nobles construirán sus palacios y aquí habrá calles a derecha y a izquierda. «Y yo —se decía para sí Francisco—, cuando pasen centenar y medio de veranos, pasearé por ellas en la sangre de los hijos de los hijos de mis hijos.» No es que en la primavera fuera lo mismo que en el verano, pero los domingos muy de mañana sí que había la misma quietud y soledad en las calles. Por esa razón a Francisco, al cruzar la calle real del Barquillo, a espaldas del palacio de Buenavista, camino de la feria y ya en la calle de los Reyes alta, que con el tiempo llegará a llamarse Conde de Xiquena, le estaba resultando extraña la algarabía impropia de esas primeras horas festivas.

Es que, por lo visto, la feria ofrecía en sus puestos no solo las muy recientes impresiones, sino una gran provisión de libros antiguos, raros exemplares e incluso libros de lance. No daréis crédito, pero dando las once en el frontero convento de religiosas de San Pascual no cabe un alfiler en el paseo. Es tan grande el número de coches que bullen en las proximidades de la alameda que resulta arriesgada y casi imposible empresa andar sin darse de bruces con ellos. «¿Las casetas en el Prado nuevo? ¿Y los coches? ¿Qué han hecho con las hileras de coches? ¡No creo que se muevan entre ellas!» Las dos hileras de coches que se permiten pueden moverse la una desde la puerta de Recoletos aguas abajo hasta la puerta de Atocha por el lado del Retiro, y la otra, la que desanda el camino, hacerlo inmediata a las casas de Madrid. Eso sí, ambas hileras caminando siempre próximas a la línea de postas. Pues bien, han cortado la carrera entre la diosa Cibeles y los Recoletos de manera que no podrá dilatarse por él, volviendo hacia Atocha cerca de la fuente, en lugar de hacerlo frente al convento. Y no es posible incorporarse a la carrera ni desde la calle San Joseph, ni desde la calle del Almirante. La calle de San Joseph tomará más adelante el nombre de costanilla de la Veterinaria, porque conducirá a la citada escuela cuya fábrica estará en lo que fue huerta de la Solana. Y no estaría de más que cuando la institución de enseñanza mude de lugar, y deje de tener sentido que la costanilla se llame como se llama, a quien corresponda, tenga a bien nombrarla de Bárbara de Braganza en emocionado recuerdo a la muy amada esposa de N. S. Fernando VI. Todos estos impedimentos para los carruajes, los siete días que dura la feria. Y como ya se sabe que no siempre llueve a gusto de todos, y que cada uno habla de la feria según le va en ella, cuentan que el sábado próximo pasado el cochero de no sé qué marqués provocó un altercado una vez que la ronda de alguaciles le cortó el paso. Pero volvamos a lo nuestro.

Francisco alcanza en un visto y no visto la plazuela de Santa Bárbara frente a las Salesas Reales y San Joseph abajo llega al Prado nuevo. ¡Sí que hay animación en el Prado! Justo antes de alcanzar las primeras casetas le ha adelantado un grupo de aproximadamente un par de docenas de adolescentes en rigurosa columna de a dos, flanqueados por dos hombres de edad. No hay la menor duda. Su estricto uniforme, chupa, casaca y calzón de paño negro y del mismo color las medias, pero sobre todo la banda carmesí del hombro izquierdo hasta rematar con un lazo debajo del brazo derecho con el pequeño escudo en que sobre campo blanco está un Jesús bordado en oro, los define. Son dos cámaras de caballeros seminaristas del Real Seminario de Nobles de la puerta de San Bernardino. Como cuentan las crónicas, cuando el primero de los Borbones, ya rey de las Españas, extendió la vista por su reino, echó en falta no Estudios Generales, que los había, echó en falta no universidades, que también, sino que echó en falta un seminario dedicado a la educación de la nobleza, así que lo constituyó por Real Decreto dado en La Granja de San Ildefonso a 21 septiembre de 1725. No hay duda, los caballeros seminaristas van hacia la feria de libros, no está de más fomentar la lectura entre los adolescentes, acompañados de sus directores de sala. Se mueven con madurez y gravedad, no mirando a todas partes y menos a las ventanas, con los ojos inclinados algo a la tierra, como mandan las constituciones de la real institución. No, no son directores de sala. Al menos uno de ellos no lo es, porque Francisco ha reconocido a Martín Rosell, segundo profesor de matemáticas del Seminario. No lo conoce en persona. Lo vio hace cuatro años asistir a sus alumnos en conclusiones públicas. Dada la igualdad de apellidos, Rosell Viciano, Martín debe ser hermano de Antonio, el también catedrático de Matemáticas en los Estudios Reales de San Isidro, y que ahora anda sustituido por hallarse no bien de salud.

Por fin está frente a las primeras casetas. No ha sido fácil porque hay bastantes personas en su derredor, pero delante de uno de los tenderetes Francisco ha conseguido alcanzar la privilegiada fila que está pegada a la bandeja donde se exponen los libros. Y desde esa situación, sin más que echar un vistazo a varios de los libros que se ofrecen, el maestro de matemáticas puede situar el puesto sin ninguna duda. ¡Cómo no va a haber personas intentando curiosear los bellísimos exemplares! Es la caseta del impresor, encuadernador y librero nacido en Guadalajara, Sancha. O eso es lo que cree Francisco, porque al mirar hacia arriba, en la parte superior de la caseta ha descubierto una vistosa banderola en la que aparecen entrelazadas como parte central de un florido dibujo una ge y una ese, que es el mismo dibujo que aparece en la portadas de los libros que ha estado hojeando y que es a todas luces la marca que utiliza el impresor. Y ahí está la duda. La ese de Sancha sí, pero Sancha es de nombre Antonio y la ge no termina de cuadrarle. Francisco, por unas cosas o por otras, como por ejemplo la enfermedad de María de los Ángeles, lleva un tiempo sin aparecer por la librería de la Aduana vieja. De un grupo de personas próximo, donde a alguien le asalta la misma duda, llega la solución. En estos acontecimientos multitudinarios no está de más andar listo de oído, porque siempre hay alguien que sabe y que gusta de hacerlo saber. Sí, se trata de la caseta de Sancha, y la ge es de Gabriel, el hijo que continúa el negocio del padre, fallecido hace ya unos años. El enterado no se detiene ahí, crecido porque ha encontrado mayor audiencia de la que esperaba, cuenta que don Antonio tuvo que mandar a su hijo al extranjero después de descubrir que una de las sirvientas enamora e interesa a su hijo. Y la cosa por lo visto se complicó, en cuanto que había una promesa de matrimonio que Genara Mate, ése era su nombre, había hecho valer ante el Tribunal Eclesiástico de la Vicaría de Madrid. La cosa no pasó a mayores pero Sancha, dicen, tuvo que usar todas sus influencias con Floridablanca y hasta con el propio rey. Al final todo se arregló y Gabriel pudo desposarse en San Ginés con Manuela Moreno, hija de un grabador de la casa, de nombre Juan Moreno Tejada.

No se hace necesario acercarse a las gradas de San Felipe. Cualquier lugar es bueno para ocuparse de la vida de los demás. Modas pasajeras que a buen seguro pasarán. ¿A quién va a interesarle la vida de otros por muy famosos que sean? Francisco ha departido unos segundos con Gabriel. Está interesado en la impresión de un texto sobre el arte de aforar líquidos, y ha quedado en pasarse por la oficina de Sancha en la plazuela de la Aduana vieja. Sabe perfectamente, de sus paseos en soledad, dónde está la plazuela. Según se sube desde la puerta del Sol por la calle de las Carretas, enseguida a la mano diestra. Próxima a la plazuela de la Provincia y separada de ella por la plazuela de la Leña. ¡Plazuela de la Leña! Curioso nombre. Sí que resulta curioso el nombre, pero a la villa, o lo que viene a ser lo mismo, a los que su madre les ha parido en ella, les sobra, amén de otras cosas, gracejo con el que nombrar sus calles. Múltiples ejemplos de ello hay, pero si para muestra basta un barrio, ahí está el del Rosario, que principia en la plazuela de Santo Domingo, y con las calles de Sal si puedes, de Enhoramala vayas y de Aunque os pese, todas ellas pegaditas a la ancha de San Bernardo. ¡Casi nada! Pero de vuelta a la circunstancia que nos ocupa, o sea, a la plazuela de la Leña, y al decir de los que saben y entienden, el nombre le viene de los maderos que en tiempos de las Comunidades hacinó allí el pueblo de Madrid para frenar el avance de los reales. Venían de Alcalá en ayuda del Alcázar, que mire usted por dónde, y en oposición a la villa, se mantenía leal a Carlos y a su tudesco cardenal. Menos mal que años después el hijo, o sea Felipe, no les echó cuentas a los madrileños. Y si se las echó, le salieron más cuadradas que en Toledo, que en Ávila, que en Valladolid, y no digamos que en Segovia. Así que se trajo a Madrid, para bien o para mal, la cosa esa de la capitalidad. Y lo que solo era villa pasó también a ser corte. Eso sí, sin dejarlo escrito, que se sepa. Con lo que gustaba al rey Prudente eso de usar papel y pluma.

Fijándose un poco, puede verse perfectamente que en la caseta de la Viuda de Ibarra han borrado el «e hijos» del cartel. Para la mayoría de los visitantes de la feria el hecho pasa desapercibido. Los hijos han desaparecido del cartel, pero hay huellas difíciles de borrar incluso con el tiempo y es claro que estuvieron. Va ya para tres años que los hijos de Ibarra, antes de salirse del cartel, se salieron del negocio familiar para incorporarse al del impresor Gerónimo Ortega en su oficina en la calle angosta de Majaderitos frente al Corral de la Cruz. Y lo que son las cosas, ¿quién demonios habrá hecho las asignaciones de puestos para la feria? Los ha colocado, a la viuda y a los hijos con solo dos o tres casetas de por medio. ¡Pues anda que no había opciones y que no es larga la feria! Además, que ese trasiego de cartel a cartel, no es del todo exacto numéricamente. Hijos de Ibarra había tres y solo los dos mayores se fueron con Gerónimo. La pequeña, Manuela, no. De hecho, cuando muera la madre, tomará las riendas e imprimirá como la hija de Ibarra. ¡Y cómo son los mentideros! Decían que los que se van del negocio, se llevan mal con la hermana que era hija del primer matrimonio. Hablar por hablar y enredar por enredar. Los tres eran hijos del segundo matrimonio. La angosta de Majaderitos que también está cerca de la plaza de la Aduana vieja y del corral de la Cruz donde la representación de comedias. Y también se alcanza subiendo por la calle de las Carretas como la Aduana vieja, pero a la mano contraria. Hace un ángulo recto para unir dicha calle con la calle de la Cruz y salir justo frente al Corral. Majaderito es un instrumento para majar o machacar y también como una especie de palillo para hacer encajes, parece ser que el nombre de la calle se debe al majadero, que es eso, un mazo que empleaban en su trabajo los tiradores de oro y que tenían sus talleres en estos parajes. Arrancando de la angosta de Majaderitos y hasta la calle de la Cruz, también está la ancha de Majaderitos. Eso es frecuente en el callejero madrileño. Si se le da un nombre a una calle es porque es bonito, es porque tiene tradición. Si no lo es, no se le da. Y si es bonito, si tiene tradición, ¿por qué no aprovecharlo para dos calles? Además, si una es ancha y la otra angosta no está de más hacerlo saber. O grande y chica, o si una está en alto y la otra no.

Un reducido grupo de personas ha reconocido a Francisco y se agolpa en derredor de la caseta de la Viuda de Ibarra. Los libros, como prueba de que su impresión está autentificada, vienen firmados normalmente por el autor, pero los más osados del grupo le han requerido para que les añada unas líneas dedicadas. Se acaba de inventar la firma de ejemplares en las casetas de la feria de los libros. En su gran mayoría son, o han sido, alumnos de matemáticas de los Estudios. Uno de ellos, de especial relieve, es Joseph Igaregui, quien desde hace bastantes años es el primer maestro de matemáticas del Real Seminario de Nobles. No lo tuvo fácil porque vino a sustituir a Francisco Subirás, que había sido recomendado por el sabio Jorge Juan, pero salió airoso presidiendo con éxito gran número de conclusiones públicas de sus alumnos. Tras un tiempo dedicando los ejemplares, Francisco reanuda su recorrido por la feria. Atrás queda en el recorrido la familia del impresor Ibarra. La lástima es que no ha aparecido Manuel Godoy, el duque de la Alcudia, al que Francisco le había dedicado el trabajo incluyendo en él unas páginas de floridos elogios, por otra parte una práctica común. Alguien le había dicho que seguramente el ministro visitaría la feria. Nuevas casetas se suceden. Ahora aparece la del impresor Benito Cano, del que se comenta en los mentideros un divertido sucedido, que a buen seguro al impresor no le resultaría tan divertido. Se dice que hay una carta de Leandro Fernández de Moratín a su amigo el abate Juan Antonio Melón  en la que le menciona una comedia que se imprimió en casa de Ibarra y de la que expone que es una bonita edición para añadir «si puede mejorarse no repares en algún gasto más, sin que sea este o aquel el que la imprima, con tal que no sea el devotísimo Benito Cano». Sin llegar a la categoría de un Sancha o de un Ibarra, es un buen impresor con más de 15 años de oficio y un buen número de títulos. Hay por encima de 1.100 referencias de libros impresos por él en las bibliotecas públicas españolas.  Es impresor de libros religiosos, pero no en mayor proporción que cualquier otro, así que no parece ser esa la causa para endosarle el calificativo de devotísimo. Lo que sí parece es que Moratín habla por experiencia propia, porque cuando escribe la carta desde Roma en 1793, Cano ha impreso al menos tres obras suyas: La derrota de los pedantes en 1789, El viejo y la niña en 1790 y La comedia nueva en 1792. No debió quedar muy satisfecho de ellas para pedir a su amigo que imprima con cualquiera menos con Cano.

Ahí esta la caseta de la Imprenta Real y justo la siguiente la de la Viuda de Pedro Marín e Hijo. Pedro Marín, primo de Joachin Ibarra, impresor que fue del Despacho Universal de Marina, había muerto en 1790 y primero su viuda y enseguida también su hijo, se hicieron cargo del negocio. Es la caseta que Francisco iba buscando porque un conocido, un antiguo miembro del cuerpo de Ingenieros Reales que le ha hecho un encargo. Tiene especial interés en hacerse con la ordenanza de S. M. para el gobierno militar y económico de sus Reales Arsenales de Marina, impresa precisamente por Pedro Marín. La razón es simple. El titulo XVII trata del establecimiento de la Academia en la que se instruirán los ingenieros de Marina en las ciencias matemáticas y reglas con que se ha de gobernar. Alguien le ha dicho al ingeniero que las tres plazas de maestro de la citada facultad, una por departamento, y según se explica en uno de los artículos, se proveerán por orden del rey. Y tiene posible acceso a través de un alto oficial de la Compañía italiana de Reales Guardias de Corps, primo suyo, lejano pero primo al fin y al cabo. Lo que ocurre es que además de acceso al oficial de Corps, lo que también tiene el ingeniero real son muchos años.

Francisco no lo encuentra. Es una impresión de 1776, o sea de hace casi 20 años y no lo tienen. No tienen el libro y no tiene pues ningún sentido el encargo que le han hecho. Eso sí, como no está en su ánimo desilusionar a nadie, y menos a un anciano ingeniero de S. M., lo mejor será intentar llevárselo. Le han dicho que puede tenerlo el librero Juan de Llera, que normalmente vende las impresiones de la familia Marín. Su librería está en la plazuela del Ángel, junto la Nevería, pero también ha venido a la feria. Tiene caseta un poco más adelante. Una vez más se cita una librería por su situación en el callejero dando además una referencia que facilite su localización.  Nevería es, como puede suponerse fácilmente, la tienda donde se vende la nieve, así que el que de paso baja a por hielos, va y se compra un libro. Enseguida aparece la caseta de Llera, y aunque no disponen en ese momento del libro, un atildado mancebo de bigote recortadito que le atiende ha prometido encontrarle un exemplar. Después de dos horas largas de recorrido, de pararse aquí y allá, de mirar y remirar libros, la Feria parece terminar. Solo quedan ya un reducido número de tenderetes, y aunque la mayoría de los mercaderes de libros que han expuesto son de la villa, hay un reducido número que viene de fuera. Ese es el caso de la caseta que cierra el recorrido, en la que en un alto y a modo de banderola de extremo a extremo, un cartel a grandes trazos reza «Librería de Espinosa». Y todavía a mayor tamaño puede leerse «Segovia». Espinosa es mucho más que un impresor, mucho más que un librero, y está en parte ligado desde un punto de vista técnico al Colegio Militar de Artillería que hay en la ciudad. Francisco conoce bien del elevado nivel matemático de la institución militar, en la que desde hace años se tiende a dejar de dictar las lecciones y que los alumnos dispongan de libros en donde puedan seguirlas.

Francisco Verdejo, un mathematico olvidado (1)

     

Cuando los jesuitas son expulsados del Colegio Imperial

y del Seminario de Nobles.

   Es muy probable que, dados los días que corren, los últimos del mes de marzo del citado año 67, el jesuita padre Benavente ande dándole vueltas a la selección de los alumnos que han de defender conclusiones de matemáticas en el Colegio Imperial. O quizás ya lo tuviera prácticamente decidido y solamente a falta de hacer una breve consulta para acordar las fechas a celebrar, con los padres Vicente Tosca, Juan Wendlingen y Esteban Terreros, todos ellos, como él, profesores de la disciplina en las cátedras de los Reales Estudios del Colegio. Y, sin falta, tiene que hablar con el impresor Ibarra para el asunto de los cuadernos con los programas, evitando en lo posible las prisas de última hora en las impresiones. ¿Y los alumnos? Los alumnos este último mes andan distraídos, inquietos, bulliciosos, que no es sino reflejo fiel del ambiente que se vive en la villa. Cómo no va a ser así, si el conde de Aranda había conseguido del rey nuestro señor poner baile de máscaras público para el recién carnaval, primero en el Coliseo del Príncipe y después en los Caños del Peral. Pero la verdad es que no hay que preocuparse demasiado por los plazos. Es lo mismo lo retrasado o adelantado que pueda ir el padre Benavente en la preparación del acto público de final de curso, porque ese año en el caserón de la calle San Dámaso no van a defenderse conclusiones de la facultad de matemáticas. Ni de esa facultad, ni de ninguna.

    Es la noche del 31 de marzo al 1 de abril, y está a punto de empezar el extrañamiento de los regulares de la Compañía de Jesús. Hace tan solo unos días, mientras los vecinos bailaban y se divertían, en la Imprenta Real de la calle de las Carretas se imprimía el real decreto, las órdenes e instrucciones a seguir, en el más riguroso de los secretos y bajo severas penas a quien osase revelar el más mínimo detalle. Dentro de una logística perfectamente organizada, los padres establecidos en la corte, que dependen de la provincia jesuítica de Toledo, han de abandonar España a través del puerto de Alicante. Los residentes en el Colegio Imperial han de ir a Getafe, donde está previsto que se concentren antes de partir hacia el puerto mediterráneo, con el resto de los residentes en las otras cinco casas que tiene la Compañía en la capital del reino. El Noviciado, la Casa Profesa y los Seminarios de Nobles, de San Jorge o de los Ingleses y de los Escoceses. Como se trata de llevar a cabo la operación dentro del mayor sigilo posible, además de hacer el traslado de noche, se planifica la salida de cada uno de los centros por las puertas o portillos de la villa que impliquen un menor recorrido urbano. Los procedentes del Noviciado, que está en la calle ancha de San Bernardo, y en lo que hoy sería la esquina a la calle de ese mismo nombre, deben salir por la puerta de Fuencarral, hoy glorieta de San Bernardo, con lo que el recorrido urbano se reduce a recorrer un tramo de la ya citada calle ancha de San Bernardo. Los del Seminario de Nobles, y de acuerdo con las instrucciones servidas, deben salir por la puerta de San Bernardino, muy próxima a la plazuela donde está ubicado el Seminario y del que toma su nombre, hoy en el triángulo formado por las calles de la Princesa, Mártires de Alcalá y Seminario de Nobles, en el barrio de Argüelles, con lo que, en este caso, no hay recorrido urbano. La mayor parte del movimiento de coches y tropa va a realizarse más allá de la cerca. En el caso del Colegio Imperial, sito en la calle de San Dámaso, el tramo urbano se reduce a salir enseguida a la muy próxima calle de Toledo, y por ella hasta la puerta del mismo nombre, que es por donde deben abandonar la villa. El resto, es decir, los residentes en la casa profesa y en los seminarios de San Jorge y de los Escoceses deben abandonar la villa igualmente por la puerta de Toledo.

    Para que esta primera fase de la operación pueda llevarse a cabo, el conde de Aranda ha montado una compleja operación. Por una parte ha requisado los coches necesarios para el traslado de los religiosos. Ha designado para cada una de las seis casas un alcalde de casa y corte que ha de ponerse al frente de la operación. Y ha preparado también la fuerza militar que asegure el cumplimiento de la real orden. Centinelas dobles en las puertas que dan a la calle, que deberán permanecer cerradas, y especial vigilancia a los accesos a la torres para impedir que se tocara a rebato. Y la caballería que escolte a los expulsos hasta Getafe, en donde hay preparado alojamiento, antes de partir al puerto de embarque. Los trasnochadores que aún deambulan por las calles de la Compañía, Juanelo o la del Duque de Alba, no muchos, la verdad, porque ya dieron las once hace rato, han podido observar un inusitado movimiento de tropa a caballo en las cercanías del Real Colegio. Y también de coches y calesas, puestos en hilera, como a la espera de no se sabe qué, frente a la manzana número 147 en la plazuela de la Cebada. A las doce en punto entran. Mientras que un somnoliento y desconcertado portero se presta a acudir a despertar al rector a requerimiento del alcalde de corte, la voz de un subteniente de bandera rompe, seca y cortante, el silencio de la noche. «Dos guardias a las escaleras del campanario ¡y que no suba ni Dios! ¡Es una orden!». El padre rector, al que el sobresalto ya había lanzado apresuradamente del lecho y que venía de camino, piensa para sí que Dios no tiene que subir al campanario. Ya está allí y si las campanas no tocan a rebato, será porque no lo considera menester. Las palabras del subteniente pronunciadas en ese momento, pero sobre todo en ese lugar y de esa manera, son cuando menos una incorrección, pero no es el caso. Han sido la excepción, la mayoría de los comisionados y de la fuerza puesta a sus órdenes se está comportando y se comportará a lo largo de la noche con toda corrección, y no se registrarán mayores incidentes. Hay que despertar a todos los religiosos y reunirlos en la sala capitular o en el refectorio, donde haya más capacidad para juntarse. Una vez allí se les hace notificación y antes de proceder al cierre de los aposentos pueden pasar a recoger lo que son sus pertenencias personales, eso sí, ni libros ni papeles. Y en el mismo instante en que se hallen en estado de partir, sin más dilación a los carruajes, cuatro por coche y dos por calesa. Y andando, que es gerundio. 

    El número de residentes en el Colegio puede ser del orden de una veintena,[1] de los que cuatro son profesores de matemáticas. Hay dos catedráticos de Filosofía moral, tres teólogos, un catedrático de Retórica, otro de Erudición, otro de Griego, y posiblemente uno de Historia. Es una proporción alta el número de enseñantes de la matemática, aún descontando a Esteban de Terreros porque creemos que, aunque residente en el Colegio Imperial, impartía clases en el Seminario de Nobles. Viene un poco a corroborar la importancia que los jesuitas conceden al estudio de las matemáticas. «Sí, el chocolate sí pueden llevárselo. No, libros no. Ni un libro, las órdenes están para cumplirlas». Y menos todavía si se trata del padre Benavente, al que con razón o sin ella, se le considera uno de los más implicados en la algarada contra Esquilache. Como es lógico, el jesuita se defendió en su momento, aduciendo que un embajador acreditado en la corte había informado a su gobierno con meses de antelación del motín que se preparaba en Madrid, prueba inequívoca para Benavente de que en el asunto estaban involucradas personas de más fuste que él mismo y sus compañeros de orden.[2]

    En el Real Seminario de Nobles de la puerta de San Bernardino, la noche se vive de una manera similar. Pero dentro de la logística con la que el conde de Aranda diseña la operación, es un centro con una problemática un tanto diferente del resto de los existentes en la corte. Además de los religiosos, están los caballeros seminaristas que viven en el Seminario, y que no son precisamente unos cualquieras. Esto le lleva al conde a hacer una advertencia en particular.[3] Va dirigida a Manuel Ramos, que es el alcalde de casa y corte que va a ser responsable de la operación en el Seminario. «Toca a vuestra merced la intimación del Real Decreto», y al tiempo que le previene que «el oficial general se irá enterando de las salas y habitación de los caballeros seminaristas, providenciando en lo respectivo a su asistencia y cuidado». Intimar es, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua en su edición del 2001, «exigir el cumplimiento de algo especialmente con autoridad o fuerza para obligar a hacerlo». Parece encajar con la misión que se le encarga al alcalde, sin embargo intimar en el contexto histórico que se emplea, no tiene un sentido tan autoritario. Es, según el Diccionario de una época más próxima a los hechos que se narran, simplemente notificar, declarar, hacer saber alguna cosa. Quizás la autoridad la busca el conde no a través del lenguaje, sino a través de las formas. «Prevenga vuestra merced que asista en toga». En ella se le hace saber que hasta nueva disposición, el director del Real Seminario pasa a ser el mariscal de campo don Eugenio Alvarado. «Dicho nuevo director, con la tropa destinada al auxilio de vuestra merced, se hallarán a las once y media junto a los Afligidos, adonde se dirigirá vuestra merced para incorporarse, de hacer de ella el uso que convenga, manejándose de acuerdo con él». En el Madrid de finales del xviii junto a los Afligidos es una referencia exacta que no plantearía ninguna duda a Manuel Ramos. Y curiosamente, los aledaños del Seminario en dirección hacia el palacio de Liria, el cuartel de Guardias de Corps, hoy cuartel del Conde Duque, y el convento de las Comendadoras, a principios del xxi, han sufrido modificaciones mínimas en cuanto a la estructura de sus manzanas e incluso al nombre de la mayoría de las calles. Evidentemente, las hoy llamadas de la Princesa y de Santa Cruz de Marcenado no existían como tales, eran extramuros, campo, al que se accedía respectivamente por las puertas de San Bernardino y del Conde Duque. Los Afligidos o San Joaquín es un convento de religiosos fundado por la solicitud de fray Antonio de la Torre en 1710 y está en el número 1 de la manzana 544, sito en la plazuela del mismo nombre y que en este caso si varía, ya que hoy es la plaza de Cristino Martos.


[1] José Simón Díaz, en la lista de los nombres de jesuitas residentes en el Colegio Imperial, contabiliza viviendo en él 16, en el momento de producirse la expulsión. «Apéndice I», opus cit.

[2] Olaechea, Rafael: Contribución al estudio del Motín contra Esquilache.

[3] García Camarero, Ernesto: Advertencia particularísima para el Real Seminario de Nobles de Madrid, El granero común. 

Matemáticas historias para ser leídas (3)

 

 

Hallándose entonces ausente su hijo

                D. Antonio a restablecer su salud,

                                    no pudo repasar los cálculos

 

                               AHN Consejos, legajo 5571, expediente 72 

 

   Esta historia da cumplida noticia de los voy y vengo a que se ve sometido un manuscrito antes de conseguir su licencia de impresión, al tiempo que se cuentan las no menos ajetreadas vivencias de su autor, el matemático granadino José Mariano Vallejo. Hace calor en Madrid pero no es cosa de extrañarse dado que agosto anda por su mitad, eso si el calor ligeramente atenuado por ser temprana hora. José Mariano Vallejo había decidido finalmente no asistir la noche anterior a la representación de la ópera seria en dos actos La Donna del Lago con música del maestro Rossini y que había tenido lugar en el teatro de la Cruz, para así poderse levantar temprano, y después de haber echado un minucioso y último vistazo al pedimento en que solicitaba una licencia de impresión para uno de sus textos, lo firmó con trazo seguro y después de desayunarse encaminó sus pasos hacia la escribanía de la Cámara de Gobierno, donde tenía que presentarlo con arreglo a la nueva ley sobre Imprentas.

   En realidad se trata de una reimpresión, una segunda edición de la parte 2ª del 2º tomo que trata de las funciones, límites, calculo de las diferencias y el diferencial y el integral, y que había visto la luz en su primera edición en Mallorca, el año 1813 y en la imprenta de Melchor Guasp. Tomo que forma parte de su Tratado Elemental de Matemáticas, escrito de orden de S.M. para uso de los Caballeros Seminaristas del Seminario de Nobles de Madrid.

   José Mariano Vallejo había nacido en Albuñuelas, provincia de Granada, el día 30 de mayo de 1779, y bautizado ese mismo día en la iglesia parroquial de Nuestro Salvador. Después de cursar estudios en la universidad de Granada, a punto de terminar el siglo viene a la corte y estudia matemáticas en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, siendo su maestro el director de la citada disciplina, Antonio Varas y Portilla.[1] Alumno destacado, ya en 1801 y a propuesta de los directores de matemáticas, el ya citado Antonio Varas y Magín de Vallespinosa, es nombrado por la Academia profesor sustituto, y al año siguiente, después de celebrada oposición[2] por el fallecimiento de Tadeo Lope y acorde con la censura obtenida, el rey le nombra el 30 de octubre, catedrático de matemáticas del Real Seminario de Nobles.

   Durante los dos años siguientes ejerce ambas funciones simultáneamente hasta el año 1804, en que debido a su quebrantada salud, eso al menos aduce, pone su plaza de sustituto a disposición de la Academia, dedicándose en exclusiva a la enseñanza en el Real Seminario. Precisamente el 18 de julio de ese mismo año asiste en la defensa de conclusiones públicas a sus alumnos de primer año,[3] compartiendo docencia con el veterano Martín Rosell. Dos años después, pero en esta ocasión en el mes de diciembre, Vallejo vuelve a asistir a sus alumnos de primer año en la defensa de conclusiones públicas,[4] y sustituido Martín Rosell ya jubilado por el nuevo catedrático Agustín de Sojo.

   Es durante estos años donde dedica parte de su actividad a la producción de textos, publicando en 1806, Adiciones a la geometría de D. Benito Bails, con el patrocinio de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y una Aritmética para niños para uso de las escuelas del Reyno. Y también probablemente a la preparación de su Tratado elemental de matemáticas, escrito de orden de S.M. para uso de los Caballeros Seminaristas del Seminario de Nobles de Madrid y demás casas de educación del reino, si bien no se publicó hasta años más tarde. En 1802, recién ganada la cátedra, había solicitado del director del seminario, Andrés López de Sagastizábal, licencia para contraer matrimonio con María de la Soledad Pastrana.[5] 

     Vallejo accede a la Escribanía de la Cámara de Gobierno, y segundos más tarde presenta el original de su texto para el que solicita licencia de impresión, acompañado de las muchas adiciones que ha tenido a bien realizar. Está claro que no se trata de una mera reimpresión, porque el volumen de las adiciones es prácticamente del mismo orden que el que tenía el texto en su primera edición, es decir que el nuevo tomo, caso de aprobarse va a duplicar la extensión del primitivo. Mientras el funcionario estudia con exagerada meticulosidad la documentación aportada y comprueba que la fecha, 20 de agosto de 1830, es la correcta, el antiguo maestro de matemáticas del Real Seminario de Nobles no puede impedir un punto de nostalgia al recordar sus últimos días en el caserón próximo a la puerta de San Bernardino.

   Malos vientos soplaban por la villa de Madrid, a punto de concluir el año 1808. A petición de Claudio de San Simón, coronel del regimiento de Reales Guardias de Infantería Valona, Vallejo dirige en los últimos días del mes de noviembre, la construcción y defensa de las obras de fortificación que se hacen en la puerta de Fuencarral ante la inminente llegada del ejército francés.[6] Al tiempo que el 1 de diciembre se decide enviar a sus casas a los caballeros seminaristas por esa misma razón y debido también a que no hay fondos con que sostenerlos, unido a los daños que ha padecido el edificio, de manera que a Vallejo, como al resto de profesores, se le comunica que «tiene permiso para usar de licencia y vacación por el tiempo que duren las mismas circunstancias y hasta que se verifique el restablecimiento del Real Seminario».

   Los  días 3 y 4 de ese mismo mes, y a las órdenes del citado San Simón, Vallejo interviene activamente en la defensa que se hizo de la puerta, viéndose obligado para evitar represalias a  huir primero a Sevilla, y más tarde, a principios del año  1810, cuando el ejercito francés toma la ciudad , a Cádiz, plaza a la que llega poco antes que el ejército sitiador. Como él mismo nos hace saber en el prólogo de la obra para la que ahora solicita licencia para la reimpresión, como la maestranza de Artillería, Cádiz se hallaba en Sevilla, la ciudad de Cádiz estaba completamente desprovista de los utensilios que son indispensables para el empleo de esta arma. La unión de los conocimientos de ejecución del oficial de artillería Mariano Osorio, con los conocimientos en el cálculo sublime de Vallejo, permitió «que antes de 24 horas ya habíamos atendido a satisfacer las necesidades más urgentes, como era el proporcionar estopines, lanzafuegos, espoletas».[7]

   El tiempo parece volar entre los papeles y legajos de la Escribanía, entre el pausado ir y venir de los empleados, así que entre dimes y diretes, cuando Vallejo, ya por fin formalizado el papeleo, alcanza la calle Mayor en dirección a la puerta del Sol, están a punto de dar las doce del mediodía. Eso le obliga a acelerar el paso pese al asfixiante calor, porque no quiere llegar tarde a su cita en la botillería[8] italiana de la calle del Horno de la Mata,[9] donde ha quedado en reunirse con un abogado al que le une una cierta amistad, porque le han llegado rumores, de que muerta la marquesa de Astorga, su hijo Fernando Osorio de Moscoso y Fernández de Córdoba va a nombrar, siguiendo disposición testamentaria de su madre, curador que le represente. «¿Y eso es lo que le preocupa don Mariano? ¿en que puede afectaros tal nombramiento?». Hay más cosas claro, como por ejemplo el que desde la testamentaría de la marquesa se le pidió el día 7 de ese mismo mes a Vallejo que firmase, y así lo había hecho, un recibí por un importe de mil reales de vellón, que le había sido entregado para que su hijo, Antonio José, pudiese hacer un viaje a Aragón a reponerse de una cierta dolencia. «Dígame Sr. Vallejo, ¿cuándo fallece la duquesa?». «Exactamente el día 26 de julio». A la pregunta de que por que firma ese papel Vallejo responde sin titubeos que «no habiéndolo dado entonces porque la señora no lo exigió, lo doy ahora para resguardo de la testamentaría».

   No es extraño que la marquesa no le exigiese a Vallejo la firma de ese papel. La relación entre ellos es buena desde que se conocen en París donde ambos tuvieron que exiliarse por sus ideas al terminar el trienio liberal y dar comienzo la década ominosa. Hasta el punto de que Vallejo, además de ocuparse de los estudios del hijo de la marquesa, se convierte en asiduo acompañante de ella cuando como el mismo Vallejo hace saber al abogado «hallándose la marquesa en París, y en su compañía D. Juan de Gobantes, con motivo de tener que hacer un viaje a España y dejar sola a la señora, me instaron y quedó entre los tres convenido en que durante su ausencia yo acompañaría a la marquesa dos días por semana y en las horas desde la una hasta dejarla por la noche en el teatro, o en casa de la Excma. Sra. Duquesa de San Carlos. Y no sólo cumplí puntualmente, sino que también hice compañía a la marquesa en otros varios días y con tan buen suceso, que al regreso de Gobantes la halló en un estado completo de salud por lo que me trasmitió su mayor agradecimiento».[10]

   El abogado no ve en principio motivo para preocuparse, a pesar de que Vallejo le menciona la existencia de cuatro letras de 2.000 reales de vellón cada una, y que según el matemático granadino fueron entregados por la marquesa para el pago de obras a realizar en el colegio a que asistía su hijo. De todas maneras y para tranquilidad del propio Vallejo, le pide que le tenga al tanto de cualquier posible acción que pudiera llevar a cabo una vez nombrado el curador del hijo de la marquesa de Astorga.[11]

   Unos días más tarde, a primeros del mes de septiembre, José Mariano Vallejo vuelve a la plaza de los Consejos a presentar un nuevo escrito en el que solicita que el original con sus adiciones que presentó en agosto le sea devuelto para poder corregir los cálculos y corregir las equivocaciones antes de obtener la licencia. Ante la sorpresa del empleado, Vallejo da una explicación no demasiado convincente, «hallándose entonces ausente su hijo D. Antonio a restablecer su salud no pudo repasar los cálculos y siendo de la mayor importancia el que las obras de Matemáticas salgan sin equivocaciones». El empleado no pone en duda lo importante que es que no haya errores en cualquier tipo de obra, pero es evidente que lo podía haber pensado antes; en cualquier caso los señores de gobierno no ponen el más mínimo impedimento. «Debuelvasele dejando recibo para el fin que expresa, a cuyo fin se recoja de poder de los fiscales en quienes se halla». Y el día 9 de ese mismo mes, Vallejo firma el recibí de la obra y de las adiciones.

   Vallejo está contento, no tanto por poder corregir las posibles erratas de su texto, sino por poder hacerlo apoyándose en su hijo Antonio, que afortunadamente ha vuelto de Aragón parece que muy recuperado de su dolencia. De hecho, tres años después su hijo será nombrado  profesor de la 1ª enseñanza particular de aritmética, geometría y mecánica de las artes en el Real Conservatorio de Artes. 

   El 9 de diciembre tercera visita de Vallejo a la plaza de los Consejos con las adiciones ya corregidas determinando los señores de gobierno que se remita a la censura del Real Museo de Ciencias Naturales, y así se hace el día 13 de ese mismo mes. El museo, el último día del año, devuelve la obra sin censurar acompañada de un argumento indiscutible. «Siendo indispensable para calificar las obras que se remiten a censura el que las examinen los profesores del ramo a que pertenecen, no habiendo en la actualidad en este Real Museo de Ciencias Naturales, ni Profesor de Matemáticas ni Profesor de Química no es posible censurar los libros». Lo del profesor de química se debe a que el Consejo ha mandado también a censura la obra Arte de fabricar con mucha utilidad y economía jabones duros.

   A la vista de la devolución del texto de Vallejo sin censurar el Consejo decide con fecha 4 de enero de 1831 que se remita, el manuscrito prosigue su periplo viajero, a la censura del director del Real Cuerpo de Artillería, y esta vez si, el capitán graduado de teniente coronel José de Odriozola, como él mismo dice en su informe, «he revisado escrupulosamente dicho libro y sus adiciones manuscritas, sin encontrar idea ni expresión alguna que sea ni parezca contraria a la santa doctrina de nuestra religión». Curiosa conclusión a la que llega el capitán Odriozola considerando que se trata de un libro de matemáticas, y más curioso todavía que la censura no de lugar al más mínimo comentario  de tipo científico, lo que dice mucho acerca de la época en que se lleva a cabo la censura.

   José Mariano Vallejo será nombrado en 1834 vocal de la Dirección General de Estudios, y cuatro años después se casará en segundad nupcias con Maria Giménez Vincent. Morirá en 1846 celebrándose su funeral en la parroquia de San Martín y siendo visitadas su viuda e hijas por miembros de la Sociedad Patriótica de Madrid, y estando Antonio José, su hijo y uno de sus herederos, en ignorado paradero.

   Es probable que no estuviera muy lejos, porque por esa época había solicitado al gobernador civil de la provincia de Guadalajara licencia temporal con la mitad de sueldo para poder restablecer su quebrantada salud. No volvería al servicio del Estado dado que no fue posible conseguir la curación de un mal de carácter asténico que frecuentemente le ocasionaba alucinaciones y perversiones de la inteligencia de índole monomaníaco. Según certificado médico fechado en Guadalajara el 12 de enero de 1860 por los profesores de Medicina y Cirugía, Ramón Atienza, Cirilo López, y Matías Pozas.[12]                 

 


[1] «El orden y el método con que en el día se tratan las ciencias por los escritores en Europa, es el mismo que hace más de 30 años se halla puesto felizmente entre nosotros por mi catedrático D. Antonio Varas y Portilla …». En el prólogo de su Tratado elemental de Matemáticas, Parte primera Tomo primero.

[2] Optaron a la cátedra Julián Rodríguez de Medina, Francisco Martínez de la Escalera, Josef Santos Álvarez y Liborio Dionisio Pelleport. Miembros del tribunal fueron Juan de Peñalver, Antonio Benavides, Gabriel Morón y Magín Vallespinosa. Puede verse en El matemático Vallejo y la ciencia en el Ateneo de Madrid. El granero común. Ernesto García Camarero.

[3] Los caballeros seminaristas son Joaquín Cabada, Luis Gutiérrez de los Ríos, Joaquín Villavicencio, Diego Mesía, Juan Villa y Josef Gil. Puede verse el programa impreso en BN  2 / 29751. En la Gaceta de Madrid de fecha 10/08/1804 se hace referencia al literario acto, con mención de premiados y premios recibidos, textos de Jorge Juan y Bails.

[4] La Gaceta de Madrid de fecha 03/03/1807 da información sobre la celebración de los exámenes, los alumnos premiados, al tiempo que nos hace saber que « los seminaristas acreedores a los premios usarán la distinción de galón y presilla de plata en el sombrero, o esta sola, conforme a su mérito respectivo, dentro y fuera de casa, mientras no la desmerezcan».

[5] García Camarero, Ernesto: Op. citada.

[6] Expediente de clasificación de jubilación de José Mariano Vallejo; vocal de la Dirección General de Estudios. En AHN FC-Mº_Hacienda, legajo 3725, expediente 340. 

[7] Vallejo, José Mariano: Tratado elemental de matemáticas. Tomo 2º parte 2ª. Madrid 1832. Imprenta de don Miguel de Burgos.

[8] Una botillería es un establecimiento donde se hacen y venden toda clase de bebidas heladas. En la que visita Vallejo puede degustarse el agraz, zumo que se saca de la uva sin madurar, limón, naranja y cerveza a la nieve, sorbetes de frutas que permita la estación, leche merengada y leche de almendra. Todo con la mayor limpieza y aseo, arreglados los precios con la mayor equidad posible.     

[9] La calle del Horno de la Mata iba de la calle del Desengaño a la de Jacometrezo. La construcción de la Gran Vía conllevó su desaparición.

[10] AHN Consejos, legajo 27607, expediente 20.

[11] Sobre la marquesa de Astorga, nacida Mª Magdalena Fernández de Córdoba, hay un espléndido trabajo Una traductora de Mably en el Cádiz de las Cortes: La Marquesa de Astorga. Martín Valdepeñas, Elisa; Sánchez, Beatriz; Castells, Irene; Fernández, Elena.

[12] AHN FC-Mº_HACIENDA, 2748,Exp. 830

Instituciones Matemáticas en el Madrid del XVIII (3)

Real Casa de Desamparados

   El 28 de julio de 1787 la Real Hacienda compra al conde de Atares en la calle del Turco, hoy Marqués de Cubas, las casas números 9 y 10 de la manzana 273, para instalar la Real Fábrica y Almacén de Cristales que hasta ese momento estaba en la carrera de San Francisco de esta Corte. En la Real Fábrica se hacen y arreglan microscopios simples y compuestos,  telescopios comunes y astronómicos, hallándose surtido de toda clase de anteojos, y en donde se venden los artículos que se elaboran en la fábricas de la Granja de San Ildefonso y su filial en la localidad de Coca. Está dirigida por Pedro Megnié, un francés fabricante de instrumentos de Matemáticas, Física y Astronomía, que había sido contratado por el gobierno español en 1784.

   Antes, en mayo de ese mismo año. Juan Aguirre, Superintendente de La Real Fábrica y Almacén de Cristales, habida cuenta que el Rey ha resuelto se establezca una escuela de formación, pasa a la Real Casa de Desamparados[1] ubicada en la calle de Atocha, a seleccionar a los 16 alumnos que van a seguir los cursos. Lo hace en compañía del citado Megnié, de los  profesores de química Proust[2] y Fernández, y de José Miguel de Sarasa, que lo es de matemáticas.

   José Miguel Sarasa había estudiado Aritmética, Geometría teórica y práctica y Trigonometría en el Seminario de San Fulgencio de la ciudad de Murcia, y vuelto a la Corte había estudiado Álgebra, Teoría de Curvas y Cálculo Diferencia e Integral, probablemente el 2º año de matemáticas en los Reales Estudios de San Isidro. Y había presentado ese mismo mes de mayo una solicitud para que le fuese concedida la plaza de maestro de matemáticas en la Real Casa de Desamparados, adjuntando certificados de los profesores de matemáticas del Real Seminario de Nobles, Josef Antonio de Igaregui y Martín Rosell, y del catedrático de esa misma disciplina de los Reales Estudios de San Isidro Antonio Rosell, en los que se hace constar que Sarasa les había sustituido en diferentes ocasiones.

   A la vista de la documentación que presenta Sarasa, el Superintendente Aguirre decide proponerle   a Pedro López de Lerena como maestro de matemáticas e incluso como acabamos de ver, como si el nombramiento ya fuese un hecho, le hace miembro del grupo que selecciona los alumnos.

   El arranque del proyecto se retrasa, quizás por el traslado de la fábrica de Cristales a su nueva ubicación, hasta noviembre en que hay una nueva comunicación de Aguirre a Lerena, en la que pone en conocimiento del secretario de Hacienda que se podría iniciar el día de San Carlos, pero que Sarasa, ahora ya no está interesado en ejercer la maestría.

   No conocemos el motivo que induce a Sarasa a cambiar de opinión. Bien es verdad que Sarasa aparecerá  como segundo maestro de matematicas en la Escuela de Guardiamarinas de Cartagena, pero eso no ocurrirá hasta el 26 de agosto de 1789. El curso 1787-88 suponemos que Sarasa esta sustituyendo en los Reales Estudios la cátedra de Rosell, pero eso no es impedimento porque podría simultanearlo con la maestría en la Casa de los Desamparados. Lo más probable es que tuviera una segunda actividad, ¿Seminario de Nobles?, ¿Academia de Bellas Artes? de mayor interés de la que ahora renuncia.

   Con la renuncia de Sarasa llegan hasta tres solicitudes, las de Francisco Veredejo, Manuel Veguer y Martiller, y Juan de la Mata Molero. Los tres han estudiado en los Reales Estudios de San Isidro y han defendido conclusiones, pero Francisco Verdejo tiene la ventaja que ya está ejerciendo como sustituto de Durán en los Estudios, y lo que es más significativo, hay una carta del duque de Híjar al Secretario de Estado y del Despacho Universal de Hacienda Pedro López de Lerena, en la que le pide nombre a Verdejo. En ese momento el hijo del duque de Híjar es alumno en San Isidro de Verdejo.

   Todavía  hay una cuarta solicitud de Pedro García pero a finales de diciembre Francisco Verdejo es nombrado para la cátedra de matemáticas[3] y la Academia inicia su actividad a primeros del año 1788 inaugurándose el curso con una función solemne. A finales de ese mismo año se celebran conclusiones públicas por parte de los cuatro o cinco mas destacados discípulos.

   Con fecha 18 de abril de 1792 Francisco Dionisio Fernández Molinillo, que había sustituido a Aguirre en la Fábrica de Cristales, escribe una carta a Diego de Gardoqui que a su vez había sustituido en la Real Hacienda a Pedro López de Lerena, en la que le pide que los 16 alumnos que llevan educándose por espacio de cuatro años, se les saque de la Real Casa de Desamparados y se les coloque en los Reales Almacenes de Cristales. Citando incluso sus nombres define los destinos, seis a la Química, cuatro a la Astronomía, y seis a la Cuchillería.

   Por la razón que sea la incorporación de nuevos alumnos no llegó a realizarse. Dos años después, enero de 1794, Molinillo recibe enviada desde Aranjuez, probablemente por Gardoqui, una carta en la que se le pide que informe sobre la situación de la escuela en la que por cuenta del Rey se instruyen 16 jóvenes, habida cuenta que ni en el año anterior ni en el presente se han verificado los exámenes y conclusiones que acostumbraban.

   En el mes de abril Molinillo reponde a Gardoqui «Destinados los Jóvenes a los objetos dichos, era consecuente que desde la Real Casa de Desamparados fuesen y viniesen a esta de la calle del Turco, y como estando ocupados en los diversos ramos, a que se les había aplicado, no  podían tener en la CAsa ni la residencia por el día, ni el tiempo necesario para imponerse en las materias de que habían de ser losexámenes y conclusiones anuales que acostumbraban, es constante que no se verificaron en 1793 y menos puedan verificarse este año de 1794.

   Además expone Molinillo que a eso se añade la expulsión de Megnié a causa de la guerra con Francia, y que con los 18 años se hace difícil reducirlos a la subordinación debida. Esto último parece ser determinante porque cuando  Molinillo expone la situación persona a persona, resulta que alguno ha huido de la casa y no se ha vuelto a saber de él, otros están como aprendices de zapateros, y solamente los seis de Cuchillería siguen con regularidad su formación.

   Y termina el informe  recomendando que desde primero de mayo, la Tesorería deje de pagar los salarios a los maestros de Matemáticas y Lengua Francesa, en cuanto que no son ya necesarios.  Así se hará y este es el final de la Academia establecida en la Real Casa de Desamparados. 

Maestro de Matemáticas

Francisco Verdejo González

   Francisco Verdejo González nace el 15 de febrero de 1757 en Montalbo provincia de Cuenca. Entra a formar parte del cuerpo de Reales Guardias de Infantería Española, y con su unidad permanece en el sitio de Gibraltar hasta 1783 en que se levanta el citado bloqueo.

   Vuelto a la Corte cursa en los Reales Estudios dos años de matemáticas, cursos 1783- 84 y 1784-85, con el catedrático  Vicente Durán defendiendo conclusiones como alumno distinguido que es. En octubre de 1787, es decir tres meses antes de ser nombrado por designación real maestro de matemáticas de la Real Casa de Desamparados, ya está sustituyendo en San Isidro a un enfermo Vicente Durán.

   Días antes de iniciarse el curso Juan Moreno Sánchez, conserje de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, recibe del superintendente del Almacén de Cristales Juan de Aguirre, y por intermedio de Verdejo 384 reales de vellón, importe de 16 primeros tomos del Curso de Matemáticas de Benito Bails, director de matemáticas de la citada institución. Es el texto que seguirá Verdejo al impartir sus lecciones.

   Hay igualmente un recibo, ya en febrero de 1788, por un importe de 135 reales de vellón correspondiente al pago de material escolar, tinteros de loza, yeso para demostrar, esponjas para borrar etc.

   En noviembre de 1788 Verdejo dirige un escrito a Pedro López de Lerena solicitando le sea concedida la licencia absoluta. Recordemos que Verdejo pertenece al cuerpo de Guardias de Infantería Española, y con clase por las mañanas en la Casa de los Desamparados y por la tarde en los Estudios de San Isidro, debía de tener problemas de compatibilidad. Ya la había solicitado un año antes, y se loe había puesto la condición de que pusiese a alguien en su lugar, lo que no pudo conseguir. En esta ocasión debió tener más éxito, porque se conserva un papel aunque sin fecha ni firma, en el que se dice que con menos motivo se han concedido licencias absolutas, y que soldados podrán encontrarse, pero buenos maestros es más difícil.

El cierre de la Academia en mayo de 1794 coloca a Verdejo en una precaria situación económica, que se resolverá cuando menos de un año después, gane la oposición a una de las cátedras de los Reales Estudios de San Isidro.


[1] Casa de acogida para niños y niñas con atención médica y maestro de primeras letras.

[2] Proust, químico francés y autor de la ley de las proporciones definidas, había sido contratado en 1778 por la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País para impartir clases de Química. En 1786 el gobierno español lo contrata para enseñar química en Madrid y posteriormente se hace cargo de las enseñanzas de la química y metalurgia en el Real Colegio de Artillería de Segovia. En 1799 se hará cargo de la cátedra de Química en el Real Laboratorio, ubicado precisamente en la calle del Turco donde había estado el Almacén de Cristales.

[3] Juan de Aguilera había propuesto como procedimiento para la elección, la celebración en la nueva sala de la Casa de los Desamparados de una oposición. Incluso recomendando como censores a Solano, del Colegio de Cirugía, Bails de la de Bellas Artes y a Villaroel, capitán de Ingenieros. Su propuesta fue rechazada.

Matemáticas historias para ser leídas (2)

Siendo del agrado de V.M.

         que el suplicante dexe

               dicha cathedra de mathematicas

 

                                  AHN Clero, Jesuítas, legajo 750 

 

   En esta matemática historia se narran las peripecias de un enfermo catedrático de matemáticas de los Reales Estudios de San Isidro, que presionado para que renuncie a su cátedra, ya varios años en manos de sustitutos, intentará sin conseguirlo, el obtener a cambio de su renuncia prebendas por encima de lo que se le ofrece. Al tiempo que, entremezclado con la nostalgia del catedrático, se da breve noticia sobre los avatares que sufrió el Diccionario Castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas, francesa, latina, e italiana, del jesuita P. Esteban Terreros.

   Empieza el mes de octubre del año 1789, y con él el curso en los Reales Estudios de San Isidro, y las matemáticas de primer año están a cargo de Francisco Verdejo, antiguo alumno de los Estudios, que sustituye al catedrático Vicente Durán, que continua enfermo en Valencia.

   De las de segundo se va a ocupar Antonio Varas y Portilla, director de matemáticas en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, sustituyendo a su vez al catedrático Antonio Rosell. Rosell días antes de empezar el curso, considerándose ya restablecido de su enfermedad, había dirigido un escrito al director de los Estudios, Manuel de Villafañe, haciéndole saber que en octubre asistiría personalmente al aula, y los días en que no pudiera hacerlo le sustituiría su discípulo Juan Gutiérrez de Santa Clara.[1] Por lo que le pedía que no pusiera persona alguna a sustituirle, y si lo hacía, no debía Rosell tenerlas todas consigo, se le comunicase por escrito.

   El director había contestado a Rosell que considerando la enfermedad que había padecido y no hallándose todavía en estado de regentar su cátedra, había tenido a bien nombrar un sustituto. El ya citado Antonio Varas y Portilla. El curso discurre con absoluta normalidad dirigidas las cátedras por los sustitutos Verdejo en la de Durán y Varas en la de Rosell, dado que los dos son personas con experiencia en el campo de la enseñanza, e incluso a final de curso asisten a sus alumnos más brillantes en la defensa de conclusiones públicas, actos literarios de los que da cumplida información el Diario de Madrid en su ejemplares de fechas martes 6 y jueves 8 del mes de julio del año 1790.

   Rosell no se conforma con la situación creada, entre otras cosas porque por orden del director le están descontando la cuarta parte de su sueldo, y ya en el mes de diciembre último había presentado un recurso ante S.M. que no debió tener ningún efecto, porque el curso 1790  ̶ 91 las cosas no varían, si exceptuamos que los sustitutos como es preceptivo, han rotado; Varas pasa a matemáticas de primer año, y Verdejo pasa a las de segundo. Incluso dentro de esa normalidad también se celebran conclusiones al finalizar el curso, y también se hace referencia a dichos actos literarios en el Diario de Madrid.

   Antonio Rosell piensa que Manuel de Villafañe, el director, no se lleva bien con él. Han pasado casi veinte años y Rosell no ha olvidado, prácticamente recién obtenida la cátedra, las multas que le impuso Villafañe, en una ocasión hasta la cuarta parte de su mesada, por lo que el director calificaba de determinadas desobediencias, y no eran en opinión de Rosell sino nimiedades.[2]

   A la vista de que después de dos cursos completos no ha conseguido absolutamente nada, con fecha 30 de junio del 1791, Rosell dirige un escrito al Rey en el que a modo de introducción hace un resumen de sus méritos a lo largo de los dieciocho años que ha regentado la cátedra en los Reales Estudios, «hayan sobresalido muchos de sus discípulos, teniendo para su mayor aprovechamiento cerca de quarenta exámenes públicos, y hasta doce de ellos de los tratados más sublimes, inclusos los del Examen Marítimo de D.n Jorge Juan; cabiéndole también en el día el honor de tener siete discípulos maestros de Matemáticas, dos en el R. Seminario de Nobles de Madrid, otro en el de Vergara, otro en la Academia de San Carlos de Valencia, otro en el Real Colegio de San Telmo de Málaga, y dos de los Guardias Marinas de Cartagena; además de dos escritores conocidos por el mérito de sus obras».[3]

   Rosell continua su exposición  al Rey explicando que pese a haber sido nombrado comisario de guerra por Carlos III  para formar parte de la comisión de límites en el año de 1783, al no haber tenido efecto el encargo y no haberse producido el embarque a América, al tiempo que no percibió sueldo alguno, por lo que se vio precisado a volver al desempeño de su cátedra «no pudiendo de unos años a esta parte continuar con la correspondiente aplicación y asistencia sin exponerse a perder la salud». Y termina ofreciendo dos opciones, la primera de las cuales es que se le pague el sueldo de comisario de guerra obligándose él a poner sustituto de su cátedra, es decir conservándola y seguramente gestionando también él lo que va a pagarse al sustituto. O bien «que siendo del agrado de V.M. que el suplicante dexe dicha cátedra de Matemáticas se digne concederle los honores de comisario ordenador con treinta mil reales de sueldo».[4]

   No debió sentar nada bien en palacio la súplica de Rosell porque la opción de comisario ordenador ni la mencionan, y en cuanto al tema del sueldo de comisario de guerra que acuda a la secretaría que le nombró,  ̶  seguramente la de Hacienda  ̶ , y respecto al tema del sustituto no está en el ánimo del Rey tratar ese tema. Pasado el verano, exactamente el día 27 de septiembre, «se dio esta razón al herm.o que de su p.e vino a saberlo en esta Secretaría». La secretaría es probablemente la de Estado, y el hermano que de parte de Antonio Rosell vino a saberlo, no se puede afirmar con seguridad que sea Martín Rosell, maestro de matemáticas del Seminario de Nobles, porque hay otro hermano, Manuel Rosell,[5] que pudo hacerlo.

   ¡Cómo han cambiado las cosas! Recuerda Antonio Rosell a la perfección como en el curso 1777  ̶  78, concretamente en el mes de diciembre, su compañero en las tareas docentes, el catedrático Joaquín de León, fallece repentinamente, y él, por encargo del director Manuel de Villafañe, se hace cargo también del otro curso. Recuerda igualmente la oposición convocada para cubrir la vacante, en la que actuó como censor en unión de José Igaregui, Antonio Solano y Francisco Subirás. No Subirás no, que presentó un escrito pidiendo ser exhonerado, petición que le fue concedida. Y la defensa de conclusiones públicas de sus alumnos en los actos literarios de final de curso, y Agustín de Bethencourt, quizás uno de sus alumnos más brillantes. «¡Cuántos y que buenos recuerdos!», piensa Rosell, y ahora en cambio «en los dos años escolares que ha sustituido Varas de orden del director todavía no le conoce, ni le consta que lo haya procurado ni por visita de atención».

    A Rosell han llegado a prohibirle el acceso a las clases, pero en esta ocasión ha podido acceder al edificio sin mayores problemas, porque muy avanzado el vacacional mes de julio apenas hay movimiento en los Estudios. ¡Cómo impresiona el absoluto silencio de unos pasillos y unas aulas vacías!, ¡cuántos recuerdos!  Dirige sus pasos hacia la biblioteca, y a medida que se va acercando, si va notándose como disminuye ese silencio, lo que delata que hay vida en los alrededores de la biblioteca, eso si en penumbra, lo que le hace casi darse de bruces con don Miguel de Manuel. Miguel de Manuel, insigne jurisconsulto, antiguo director de la Academia de la Historia es, desde el año 1786, bibliotecario mayor. Asimismo catedrático de Historia Literaria, no conoce o hace como que no conoce, la especial situación que vive Rosell, quien sustituido o no sustituido, eso no es cosa que le incumba a él, sigue siendo hoy, y con una antigüedad de veinte años, el catedrático propietario de una de las dos cátedras de matemáticas. Y como tal debe ser tratado.

   No es Miguel de Manuel persona que se deje influenciar para hacer o decir cosa contraria a su sentir. Ya en la dedicatoria al marqués de Floridablanca en la impresión del Diccionario Castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas, francés, latín e italiano, del matemático y expulso jesuita P. Esteban Terreros, se permitió el lujo de calificar la expulsión de España y de sus reinos  de los miembros de la Compañía de Jesús como un suceso raro, y arremeter contra los que mirándolo con indiferencia o bien complaciéndose con él, se lamentan de la desgraciada suerte del P. Terreros, únicamente por su diccionario.[6]           

   Precisamente ese diccionario es el motivo, su propia nostalgia incluida, de la visita de Rosell a los Reales Estudios, en cuanto que Miguel de Manuel ya tiene dispuesto para la prensa el tomo 4º y último, con la relación de las voces incluidas en el diccionario con sus correspondencias en las lenguas francesa, latina e italiana, siendo posible realizar la suscripción en la Real Biblioteca de San Isidro a las horas en las que está abierta.

   El propio bibliotecario se ocupa de atender a Rosell, no tendría porque hacerlo, dado que en los actos oficiales el bibliotecario mayor va delante de los catedráticos, pero lo hace. «Don Antonio la edición va en el mismo papel de folio mayor que están los tomos anteriores, y eso si, en letra de menor grado, a fin de que puedan incluirse los tres vocabularios en un solo volumen».

   Rosell después de pagar religiosamente los 95 reales de la suscripción al último tomo en papel, los que lo quieran a la rústica, en pergamino o en pasta, deberán abonar este sobregasto a sus precios regulares cuando se entreguen, se ha ahorrado de momento la no despreciable cifra de 25 reales, ya que una vez cerrada la suscripción, el tomo se venderá a 120 reales en papel. Ya en la calle de San Dámaso, se cerciora de que no ha olvidado el resguardo correspondiente a la suscripción con el que se podrá retirar el ejemplar a principios del año próximo de 1792, y ya en la confluencia con la calle de Toledo se gira para echar un último vistazo al viejo caserón. Francisco Rosell, sustituido o no sustituido, que sigue siendo hoy, con una antigüedad de veinte años, el catedrático propietario de una de las dos cátedras de matemáticas, no volverá nunca a recorrer sus pasillos, sus aulas, su biblioteca. ¡Menos mal que él no lo sabe!      

   Pero hay que insistir, el alejamiento de la cátedra al que se ve sometido Rosell, no parece originarse en una cuestión personal entre catedrático y director, sino realmente en un estado de salud que incapacitaba a Rosell para dar clase, porque en el año 1792 producido el fallecimiento de Villafañe, y nombrado nuevo director, Manuel Abbad y Lasierra, es de la misma opinión que su antecesor hasta el punto de escribir a Godoy haciéndole ver que «las útiles clases de Matemáticas q.e ace años se sirben por substitutos, por tener sus dos Profesores enfermos, y aun imposibilitados, con perjuicio de la enseñanza pública»,  pidiendo asimismo que se pague a Rosell «el sueldo de Comisario de Guerra que solicita con dimisión de la cátedra de Matemáticas».

   De la solicitud final del nuevo director, puede deducirse que Rosell ha rebajado sus pretensiones y acepta renunciar a la cátedra si se le concede el sueldo de Comisario de Guerra, lo que no es de extrañar dada la contestación que le trajo su hermano Martín o su hermano Manuel, y de que sigue sin poder acceder a su cátedra, en la que en el curso 1791 ̶ 92 incluso hay un nuevo sustituto, José Ramón de Ybarra, al haber caído enfermo el anterior, Antonio Varas. Rosell pide eso si, que el sueldo de Comisario de Guerra se le pague en Madrid, para de esta manera poder continuar su obra Instituciones Matemáticas, pero ni eso conseguirá, porque por alguna razón el director prefiere tenerle lejos, quizás para evitar tensiones en los propios Estudios, y recomienda y consigue que se le pague en Valencia, que es de donde había sido nombrado Comisario de Guerra.

   No puede fijarse con precisión cuando se produjo finalmente la concesión del sueldo de comisario a Rosell y en consecuencia su renuncia a la cátedra, porque al coincidir con un nuevo cambio de director en los Estudios, nadie se dará por enterado que la cátedra está vacante, nadie se dará por enterado que Ybarra es un sustituto que ya no sustituye a nadie, hasta que en 1794, es decir más o menos un año después, la solicitud del otro sustituto, Francisco Verdejo, de que le sea concedida la cátedra sin oposición, destape la anómala situación, dando lugar a un buen número de rocambolescos acontecimientos. Pero eso, eso ya es otra historia, otra claro es, matemática historia.


[1] Juan Gutiérrez de Santaclara figura como profesor de matemáticas en la Academia de Guardias Marinas de Cartagena, al menos los años 1799 y 1800 con la graduación de alférez de fragata.  Puede verse en el Estado General de la Armada para los citados años.

[2] No hay pruebas de que la relación entre Villafañe y Rosell fuera mala; multas las hubo para varios catedráticos, por lo que hay que suponer que si Villafañe se negaba a que Rosell se reincorporase a su cátedra, es porque objetivamente no estaba en condiciones de hacerlo.

[3] De los dos maestros del Seminario de Nobles que cita Antonio Rosell como alumnos suyos en los Estudios, uno es Joseph Igaregui, documentalmente probado al haber defendido conclusiones públicas en julio de 1776. El otro no puede ser Tadeo Lope, en cuanto que se formó en el propio Seminario de Nobles, así que por exclusión aunque sin prueba documental, el segundo tiene que ser  Martín Rosell, lo que además es bastante lógico teniendo en cuenta que es hermano del que suponemos su maestro. De los dos del Real Colegio de Guardias Marinas de Cartagena, son casi con seguridad, Joseph de Sarasa y Juan Gutiérrez de Santa Clara.

[4] Los honores que pide Rosell en su súplica son escalones de una jerarquía de funcionarios de hacienda que tiene como cabeza intendente de ejército, y a la que siguen comisario ordenador, comisario de guerra y tesorero. Al intendente de ejército se le concedía el grado de mariscal de campo, el comisario ordenador es un jefe superior del ejército que supervisa la logística y suministro de víveres y material al resto de la tropa. Por ejemplo, si se habla de la armada, el comisario ordenador es un capitán de navío, mientras que el comisario de guerra es un capitán de fragata. 

[5] Manuel Rosell Viciano estudió en Valencia filosofía, matemáticas y teología. Sacerdote, capellán de S.M. en la Real Iglesia y Capilla de San Isidro, autor de varias obras, pueden consultarse en Sempere y Guarinos, Juan: Ensayo de una Biblioteca Española de los mejores escritores del reynado de Carlos III.

[6] Enterado Floridablanca que entre los muchos papeles que los jesuítas se vieron obligados a dejar la noche de su expulsión del entonces nombrado Colegio Imperial, estaban y colocadas en perfecto orden, todas las cédulas que había construido Terreros para la creación del Diccionario Castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas, francesa, latina e italiana, mandó a Francisco Meseguer y Manuel de Miguel, bibliotecarios de los Reales Estudios, llevarán a cabo la impresión de la citada obra. La licencia para la impresión había sido solicitada por el propio autor en 1765, y una vez concedida se había iniciado en la oficina de Ibarra, impresión que se verá interrumpida por la expulsión de los jesuitas.